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La Subsecretaría de Energía Eléctrica da un respiro a distribuidoras endeudadas, mientras un ejército de empresas se anota para comprar energía directamente. ¿Un mercado más libre o un sistema al borde del colapso?
El sector eléctrico argentino sigue siendo un polvorín, y las últimas movidas del Ministerio de Economía, a través de la Subsecretaría de Energía Eléctrica, lo demuestran. Por un lado, la Disposición 2/2025 extiende por treinta (30) días corridos el plazo para que las distribuidoras de energía eléctrica, muchas de ellas ahogadas en deudas, puedan suscribir acuerdos bajo el Régimen Especial de Regularización de Obligaciones del Mercado Eléctrico Mayorista (MEM). Esta medida, que ya había sido establecida por el Decreto N° 186/2025, es un salvavidas temporal para empresas que, según el propio texto oficial, "han solicitado una prórroga a fin de obtener la documentación necesaria para cumplimentar los requisitos de fondo". En otras palabras, están contra las cuerdas y necesitan más tiempo.
Pero la otra cara de la moneda es un fenómeno que redefine el tablero energético: el Aviso Oficial de la misma Subsecretaría revela una avalancha de empresas que solicitan ser reconocidas como Grandes Usuarios Mayores (GUMAs) y Grandes Usuarios Menores (GUMEs) a partir del 1° de agosto de 2025. La lista es kilométrica e incluye desde gigantes de la alimentación como BUNGE ARGENTINA S A y GRANJA TRES ARROYOS, hasta bancos como BANCO SUPERVIELLE y BANCO DE GALICIA Y BUENOS AIRES, pasando por Telecom, laboratorios y municipios.
Esto significa que estas empresas buscan comprar energía directamente en el MEM, esquivando a las distribuidoras locales. Para ellas, es una oportunidad de reducir costos en un contexto de tarifas crecientes. Para el sistema, implica una mayor competencia y una presión sobre las distribuidoras, que ven cómo sus clientes más rentables migran. La prórroga para las deudas y la creciente cantidad de grandes usuarios dibujan un escenario complejo: un sistema eléctrico que intenta estabilizar a sus actores más débiles mientras los más fuertes buscan su propio camino en un mercado más abierto. ¿Soportará la infraestructura esta doble presión?